Me rindo

Un camarero de uno de los hoteles en Ixtapa más lujosos toca a la puerta de mi habitación y en cuanto abro pregunta si yo soy Sandra Gómez, asiento mientras completo mi nombre con el apellido materno y me entrega una carta. Me dirijo al balcón, abro el ventanal y siento la brisa fresca de la noche. Saco una hoja del sobre que tiene palabras escritas a mano, reconozco de inmediato la letra. Es de Mario, mi novio. El título hace latir más fuerte mi corazón: “Me rindo”.

La leo tan lento como es posible para captar cada una de las ideas que me dedicó y no dejar pasar nada. Es imposible que las lágrimas no se escapen de mis ojos, recorran mis mejillas y mueran en las comisuras de los labios. Son tan saladas como el agua de mar. No quiero seguir leyendo pero aún me faltan tres cuartas partes. Debo ser fuerte. Pero no lo soy y al llegar al punto final me derrumbo. Una palabra llegó a mi mente: “cobarde”.

Aquí les dejo la carta:

Me rindo.

Somos una raza de guerreros y desde pequeños nos han enseñado a luchar por lo que queremos, y así lo he hecho desde que tengo memoria. Pero no contaba con que hay fuerzas más poderosas que todo nuestro ser junto. Ya no puedo seguir luchando contra el destino, no hay forma de vencerlo. Me cansé de tratar de demostrarle que está equivocado, que tú y yo podemos estar juntos, pero éste se empecina en que es falso. Contra eso ya no hay nada que hacer. No quiero culpar a nadie, así que mejor se lo adjudico todo a esa fuerza que gira en torno a nuestras vidas y que nos guía por los caminos que debamos seguir, sean de nuestro agrado o no. Aplica la famosa ley de ‘donde manda capitán…’.

La mente y el corazón son compañeros de habitación pero no son amigos, dudo siquiera que se toleren, la impulsividad de uno se contrapone al razonamiento del otro y siempre habrá disputas entre ellos. Por eso uno te dice que te quedes conmigo y el otro te recomienda seguir con… ya sabes quién. Di lo mejor de mí, me esforcé por robarme la otra mitad de tu corazón, como un ladrón que quiere lo que a alguien más le pertenece, pero sólo me quedé con la mitad. Ya te lo dije una vez y te lo repito: no puedo aceptar sólo eso.

Quise demostrarte que puedo ser más que tu amigo, soporté desplantes y cuando decidía salirme de tu vida, volvía para no verte sufrir, a expensas de que mi corazón se rompiera una y otra vez. Me decías que lo que sentías por mí iba creciendo, pero no fue lo suficiente. Ya no tengo fuerzas, el corazón está roto de verdad. Por primera vez en mi vida he sucumbido al cansancio y le doy la razón al destino. Yo no soy para ti y tú, aunque te esfuerces en creerlo, no eres para mí. Es hora de aceptarlo. Me rindo y no me queda más que decirte hasta siempre