Ante los vicios del mundo
En un periodo de cambios acelerados y profundos, que han traído un indiscutible avance en muchos campos, pero que también han acarreado dolorosos conflictos, es preciso poner luz a las muchas sombras que nos vician el planeta. No todo vale. Ya está bien de transitar por caminos que son contrarios a la propia humanidad. Nada importa con tal de obtener un enriquecimiento fácil y rápido. El mercado todo lo compra. Es el gran vicio del mundo. Dejarse arrastrar por una insidiosa ideología de un poder interesado, de la cual derivan todas las alienaciones y desviaciones que hacen de la vida un auténtico absurdo, en realidad un verdadero sinsentido, es la mayor mezquindad con la que podemos convivir.
En los últimos tiempos hemos pasado a las políticas de austeridad, a los recortes del gasto público y de la protección social, sobre todo en los países europeos, pero que cada día se extienden más a otros continentes, a pesar de que esta práctica haya tenido un elevado coste humano, especialmente en los niños. Desde luego, si no tenemos en cuenta los grupos desfavorecidos difícilmente vamos a mejorar el bienestar humano de las poblaciones más vulnerables. A mi juicio, hacen falta otras respuestas más honestas para poder avanzar en la justicia social y no retroceder en un progreso social logrado con tanto esfuerzo. Ahí están las tremendas desigualdades, la desesperación de muchas personas para salir de la miseria, la desilusión de muchos pobres que jamás tendrán la oportunidad de ganarse la vida.
Sin duda, el más irreprochable de los vicios es cultivar el mal por costumbre. Tantas veces uno se deja vencer por la maldad, que deberíamos fomentar otras actitudes más nobles y desinteresadas. Por desgracia, somos la generación del interés, que no entiende, y lo que es peor, tampoco quiere entender de bien común. Sus líderes sociales suelen practicar todo lo contrario, el partidismo más sectario, de ahí el imperecedero clima de corrupción que nos invade. La universalidad del mal parece haberse adueñado del planeta. Habría que otorgar a cada ciudadano una especie de ciudadanía mundial, haciéndole titular de derechos y deberes, sin que nadie quedase al margen del uso de los bienes públicos, inspirándonos para ello en los principios innatos de la equidad y la solidaridad.
En cualquier caso, este pensamiento actual, tan crecido por la arrogancia y el egoísmo, al final sólo puede generar tristeza y cinismo. Con demasiada frecuencia vemos que la verdad y la honradez son trastocadas por la propaganda de los poderosos, que esperan inducir a la gente a un mundo a medida del opulento. El día que en verdad se practique una auténtica moralidad internacional, el mundo tendrá otros horizontes más racionales y de menos reproches. Por consiguiente, pienso que nuestro tiempo exige una nueva definición de liderazgo mundial, que entienda un futuro sostenible con perspectivas de prosperidad para todos. No olvidemos que todas las sociedades de bien, son producto de los valores, de los ideales, de las cooperaciones y de los lazos compartidos.
Vale la pena, pues, subrayar el esfuerzo por salvar al ser humano, y con ello, al mundo. Además, sí todos los pueblos estimulasen el espíritu humano, no habría deshumanización. Lo que necesitamos hoy es una mejor gobernanza para ver el auténtico rostro que da sentido a la vida. Para ello, uno tiene que buscar el propio camino de uno mismo, en aras de un criterio de sinceridad, de acuerdo con uno mismo, de tal manera que lleguemos al discernimiento. Evidentemente, el mayor número de males que sufre el ser humano provienen de sí mismo, pero más pronto o más tarde, acabarán por desenmascararse a los artífices. Nuestra pasividad también puede ser la madre de la maldad y de todos los demás vicios. Por tanto, así como hay un arte de engañar, que exista igualmente un arte de descubrir el lugar del bien o del mal, para que cada cual pueda tomar el destino que quiera para su corazón. Se puede vislumbrar, sólo hay que dejar que la conciencia actúe.
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La libertad cautiva
Vivimos en una época peligrosa. Todo es prisión. No hay manera de volar. Que se lo digan a las aves migratorias. Cada día los hábitats son más inadecuados para poder alzar el vuelo. Nos han derrumbado tantos castillos de aire, que apenas podemos respirar. Tampoco hemos sabido dominar nuestros impulsos destructores. Por más campañas de concienciación que nos inventemos, la cultura del respeto cuesta llevarla a buen término. Tanto es así, que hemos hecho del planeta un verdadero infierno para nosotros y, también, para los animales; para el entorno y para nuestra propia vida. Realmente convivimos con un corazón cerrado, con unos andares vigilados por los poderosos, aprisionados por poderes injustos, a los que ningún poder detiene. Lo malo de toda esta desorientación es que mucha gente no puede ni emanciparse, está tan enganchada a un sistema corrupto, que no le dejan ni tiempo para pensar y, así, poder darse cuenta de la esclavitud a la que le somete un dominador sin escrúpulos.
Somos una especie con la libertad cautiva o ausente. Nos la han robado o la hemos dejado perder. Nada nos importa la naturaleza. También han muerto los predicadores de la liberación. Al igual que las aves migratorias, los dominadores nos han cortado las alas. Uno quiere ser, pero no puede ni ser lo que quiera ser. Sabíamos que al ser humano como tal no se le valoraba ni se le quiere. Uno vale por lo que tiene, no por lo que es. No hay verdad mayor en este mundo de hipócritas con alma de víbora. Nos hemos confundido de vuelo. Lo que menos necesitamos es poder, y sí muchos cuidados, mucha comprensión, para poder hallar una respuesta a lo qué somos, al por qué estamos y por qué vivimos en este mundo despoblado de humanidad.
Me niego a que la libertad sea para soñarla y no sea para vivirla. Todos tenemos derecho a disfrutar de ese vivo paisaje. Donde vive la independencia, todo lo demás sobra. Ya me gustaría inspirar la conservación de otro mundo más hermanado, donde en lugar de degradar el ambiente, se activasen otros vuelos más transparentes y respirables. Ahora se nos pide que, coincidiendo con el Día Mundial de las Aves Migratorias (11 y 12 de mayo), cooperemos en la creación de redes de contacto entre organizaciones para conservar las pocas aves migratorias que pueden subsistir. Es más de lo mismo de siempre. Las conductas irresponsables con el medio ambiente han de ser juzgadas con toda la dureza de las leyes, tanto las internacionales como las leyes del país del infractor, para que este tipo de hechos dejen de repetirse.
Es evidente que las aves necesitan de otros espacios más propicios para alzar el vuelo de la libertad, pero también el ser humano precisa contemplar esas rutas de migración como algo natural, que nadie puede expropiar y mucho menos apropiárselo a su antojo. Como decía san Ambrosio de Milán: “la fecundidad de toda la tierra debe ser la fertilidad para todos”. Ciertamente, así es, o así debe ser, puesto que la consideración hacia el medio ambiente debiera ser la primera lección que se enseñase en todas las escuelas del mundo. Somos nosotros, las personas, y no los poderes, los que estamos llamados a cultivar y a dominar el planeta, sin tantas cadenas impuestas, pero con la fuerza ética de un hacer con vistas al bien común de todos. Ahí radica el signo distintivo del ser humano.
Por eso, reconozco, que me da mucha tristeza que el dominio humano, de promover personas autónomas en una sociedad de libertad, se haya convertido en algo imposible, fruto de las dominaciones económicas o financieras ejercidas por las naciones privilegiadas y fuertes. Sin duda, esta falta de autonomía, absorbida en parte por una colectividad avariciosa, hace mucho daño a la misma naturaleza humana. En cualquier caso, hemos de saber que no hay otra medida de madurez social que la libertad, máxime sí es concebida por la equidad y se sustenta en la incomparable dignidad del ciudadano libre.
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El paro y la exclusión social en Europa
El continente europeo se hunde por el paro y la exclusión social. Cada día son más los ciudadanos europeístas que se rebelan. Se ha propiciado una austeridad entre los que menos tienen, mientras las grandes fortunas siguen acrecentando sus riquezas o las instituciones continúan con sus políticas irresponsables. Tampoco es de recibo una Europa de varias velocidades, desintegrada e incapaz de solidarizarse. A mi manera de ver, se precisa con urgencia una integración solidaria, auspiciada por controles democráticos, que active principios responsables. Por otra parte, los europeos tienen que ser conscientes de que pertenecen a una misma comunidad. No se puede caer en egoísmos. Europa es lo que es gracias a la unión, y la solidaridad es cosa de todos. Las cuestiones, por tanto, no se pueden decidir entre algunos, es la unidad de sus miembros institucionales los que han de resolver el camino a tomar. Y lo que tiene que prevalecer es el interés de la ciudadanía europeísta en su conjunto.
Sería bueno que coincidiendo con este mes de mayo, en el que celebramos el día de Europa (el día 9), se profundizase en la alianza antes de que el proyecto se derrumbe. Para empezar, habría que dignificar dicha conmemoración. Ciertamente, a pesar de ser el único día de celebración oficial de la unión europea, en la práctica ninguno de los países miembros de la unión organiza festividades conmemorativas de alto nivel, como las que se realizan con motivo de las fiestas nacionales. Así no se puede crear una conciencia europeísta. A lo mejor es que no hay nada que celebrar. En cualquier caso, me niego a que sea una historia más, de lo que pudo haber sido y no fue. Desde luego, necesitamos seguir descubriendo nuestras propias raíces, y bajo este conocerse y respetarse, edificar una convivencia más solidaria de todos y de cada uno, dejándonos inspirar por la emblemática herencia humanista, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, así como la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho
Precisamente, es esta herencia democrática y de adhesión a los derechos sociales la que debe ayudarnos a ver lo que otros nos quieren tapar. No se puede convivir cerrando los ojos a las miserias. Tanto el paro como la exclusión social son una losa tremenda, algo insoportable para muchos países, que debe hacernos recapacitar. Y donde no hay desempleo, se ha precarizado el empleo con salarios indecentes. Es cierto que esta situación no tiene fácil arreglo, pero está visto que la filosofía del sacrificio tiene que ser proporcional a los recursos, sabiendo que ningún país puede salir por sí mismo del agujero. Tampoco es un acto de justicia imponer planes de austeridad a unos ciudadanos en apuros, mientras los corruptos siguen sin devolver lo robado. Evidentemente, esta situación está generando un amargo resentimiento, que desestabiliza gobiernos y mina la credibilidad de las instituciones y de la clase política.
Ahora bien, el día que la unión europea y los diversos gobiernos nacionales compartan la responsabilidad con las políticas de empleo, asuntos sociales e inclusión, sin que la pauta del continente la marque el país con más poder económico, sino todos por igual, será el momento de avanzar al menos hacia esa ansiada unidad. No necesitaremos más literatura que los hechos. A veces uno se pregunta, ¿por qué dejarse gobernar por Alemania? Habría que escuchar todas las voces y establecer soluciones coordinadas, donde lo importante sea Europa y su ciudadanía, no las diversas nacionalidades. A mi juicio falta cohesión política de los dirigentes europeístas y falla, también, voluntad de abordar unidos los problemas. Del mismo modo, sería injusto culpabilizar de todos los males europeístas a la canciller Merkel, pero no se trata de que Europa se amolde a Alemania, sino de que todos nos amoldemos a la solidaridad de una causa común, la unión europea.
Una Europa de los pueblos, unida en la consideración de la legítima pluralidad que enriquece a todos los países, en un proceso abierto de intercambio cultural, precisa de unos líderes con conciencia europeísta. Con la amenaza social del paro y la exclusión, la brecha de las desigualdades va en aumento, y por ende, la tensión se dispara ante empleos en precario y un bajo nivel de protección de los derechos laborales. De ahí la importancia que la unión europea, junto con los países miembros, movilicen todos los instrumentos a su alcance para generar empleos dignos y, así, poder alcanzar el ansiado crecimiento económico sostenible.
No se puede hablar de generaciones perdidas y quedarnos tan pasivos. Europa tiene que comprometerse mucho más con la reducción del desempleo juvenil. Todos los gobiernos tienen que priorizar esta penosa realidad. Movilícense recursos. Para esto no puede haber austeridad. Refuércese el control de las políticas junto con los países miembros de manera que los problemas sociales y de empleo no queden eclipsados por los económicos. En definitiva, ejemplaricen y consoliden la gobernanza de las políticas de empleo más allá de los papeles, de las buenas intenciones, de los discursos fáciles. Un continente no se transforma contando historias, como la de la austeridad, que nos iba a redimir a todos y luego resulta que no; sin embargo, sí se le cambia con evidencias, con modelos económicos intachables, con políticos honestos dispuestos a trabajar al servicio de todos y no a la orden de los suyos, con políticas partidistas.
El trabajo, en definitiva, es lo único que puede garantizar una realización humana, una libertad completa, un futuro con optimismo. Ya lo decía Platón, "el legislador no debe proponerse la felicidad de cierto orden de ciudadanos con exclusión de los demás, sino la felicidad de todos", y es en este sentido, en el que debemos avanzar, con políticas inclusivas y acciones asistenciales. Para empezar, pienso que se han de utilizar mejor los fondos de la unión europea para combatir la discriminación. También la política comunitaria debe trazar estrategias para invertir socialmente más con los desfavorecidos, para que puedan insertarse en el mercado laboral. Por desgracia, la crisis económica está socavando la sostenibilidad de los sistemas de protección social, en lugar de impulsar y conseguir firmes compromisos políticos en la lucha contra la exclusión en Europa. Sin duda, una sociedad incapaz de erradicar la pobreza de sus calles, que no trabaja por una distribución justa y que margina, no merece llamarse humana. Al fin y al cabo, cada sociedad tiene los gobiernos que quiere. Más de uno lo único que hace es adormecer a sus gobernados. Pensábamos que la unión europea, como sociedad dinámica basada en el conocimiento, tenía otros horizontes. La decepción no puede ser más desesperante y desesperanzada. Bien que lo siento.
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El arte que refleja un pensamiento: ¡Africa!
A veces suceden acontecimientos con los que uno se apasiona y llega a transformarse. Algo parecido debió sucederle al arquitecto sevillano Javier Jiménez Sanchez-Dalp. De pronto, tuvo la inspiración del arte como llamada, y mientras trabajaba en la construcción de un centro de traumatología de la orden hospitalaria de San Juan de Dios en Douala (Camerún), le sorprendieron tantas vivencias que optó por compartirlas. Se adentró tanto en el alma de las gentes que sintió el deseo de acercarnos su rostro vivo. No le debió ser difícil a quien con visión de poeta sabe retratar, desde siempre, modos y maneras de vivir, o lo que es lo mismo, experiencias de vida. A propósito, cuentan sus amigos que ya en la infancia tenía unos innatos impulsos por dibujar todo aquello que le sorprendía. Así, brotaron las veintitrés obras pictóricas expuestas ahora en el archivo-museo de San Juan de Dios, bajo el título "África a bolígrafo", ubicada en la Casa de los Pisa de la universal ciudad de la Alhambra, engrandeciendo sin duda, aunque sea por unos meses, la ruta del renacimiento-barroco granadino.
La ubicación de estas obras de arte en esta honorable Casa de los Pisa, que tiene tras de sí una emblemática trayectoria difusora de la creatividad en su más pura transcendencia, es todo un acierto, puesto que encaja tanto en su gesto acogedor como en sus fines de promover una auténtica cultura. Ciertamente, las obras que ahora se exponen, nos dan una visión de un continente, el africano, muy desconocido, y a la vez, muy necesitado de amor. Se nos ha dicho que el objetivo de esta exposición es la sensibilización sobre la situación de desigualdad que sufre esta gente. Según Naciones Unidas, Camerún es uno de los treinta países del mundo con menor desarrollo humano. El autor de estos dibujos, que ha querido canalizar sus propias vivencias a través de su práctica creativa y, con ella, concienciarnos para llevar un poco de esperanza y comprensión a estas tierras. Realmente, la fascinación del artista se contagia en los ojos del espectador: consigue traspasarnos con su mensaje y hacernos soñar que otro mundo es posible, a poco que nos ayudemos unos a otros.
Desde luego, el arte es una buena manera de conducirnos por la vida. Las expresiones de estos seres humanos, sus abecedarios emanados de sus miradas que hablan por sí mismas, nos invitan a la reflexión. Pienso que esta exposición nos traslada a un mundo que pide nuestro auxilio, cualquiera de sus cuadros nos deja perplejos, nos hace meditar sobre el sentido de nuestro quehacer diario. Son imágenes cargadas de expresividad de un territorio castigado por miles de injusticias y desigualdades, por centenares de conflictos que no conducen a ninguna parte. Ellos parecen mirarnos y nosotros tenemos que dejarnos ver por sus miradas. Piden nuestra clemencia. Sólo hay que llevarse a los labios estos dibujos. Hay que felicitar al artista, que desde la sencillez de un bolígrafo, ha sido capaz de radiografiar, un apasionante universo de interrogantes, que nos exige a todos un mayor compromiso con nuestros semejantes.
Que nadie se haga ilusiones de que se puede avanzar, excluyendo. Todo formamos parte de un tronco común del que penden los diversos hábitats. Sí bellísima es la naturalidad con la que Javier Jiménez Sánchez-Dalp dibuja las variadas atmósferas, no menos realistas son los trazos que el pintor utiliza para dar apoyo a una cultura crecida por las incomprensiones, que espera nuestra mano tendida, para que se haga justicia y la riqueza beneficie a todos los pueblos africanos por igual. Nos alegra, pues, que una vez más como tantas otras veces, la sala de exposiciones temporales del Archivo-Museo San Juan de Dios, ofrezca una muestra artística llena de sensaciones hospitalarias, a través del talento artístico de un arquitecto de profesión, capaz de modularnos una historia tórrida visible a nuestro corazón, que estoy convencido servirá para ponernos en movimiento. Porque, indudablemente, estamos ante unas pinturas de gran calado que sirven para entusiasmarnos y es, bajo ese fuego, como surge la llama solidaria.
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Gobiernos incapaces de proporcionar empleo
Los gobiernos no pueden, ni deben, quedarse pasivos ante una generación marcada por el desempleo. Estoy firmemente convencido de que la falta de oportunidades, sobre todo de los jóvenes, merece mayor atención por parte de todos. La juventud se encuentra sumida en un contrasentido. Suelen estar mejor preparados que la población de más edad, sin embargo tienen mayor dificultad para encontrar un trabajo digno; y, si lo encuentran, suelen trabajar más horas por menor salario. Esto genera una sensación de frustración e injusticia de difícil reparación. Sin duda, la generalización de este descontento debilita la confianza en los gobiernos. No se pueden cerrar los ojos ante esos jóvenes, y menos jóvenes, que están en edad de trabajar. Cuanto antes se deben revisar las políticas y asignar la misma prioridad de incentivos y partidas, tanto a la creación de empleo como al crecimiento económico.
Evidentemente, son los gobiernos los que deben encabezar la lucha contra esta lacra del desempleo. Son los gobiernos los que deben dictar normas y activar el mercado de trabajo. Son los gobiernos los que deben establecer prioridades. Son los gobiernos los que deben cumplir las promesas y proporcionar el pleno empleo. Sin duda, la experiencia del desempleo en España nos está dejando una huella profunda entre la ciudadanía, que sumada a la corrupción del poder, nos adentra en un clima de desesperación, pobreza e inestabilidad social, totalmente destructiva no sólo para la vida del ciudadano que la sufre, sino también para toda la ciudadanía. Con gobiernos incapaces de poner orden e impartir justicia, de hablar claro y profundo, va a ser muy complicado poder avanzar. Desde luego, hasta para recuperar el hábito del trabajo será arduo, ante una atmósfera tan viciada como putrefacta. Ahora bien, tampoco nada es imposible, es cuestión de despojar del poder, a quienes amparados por esas poderosas ruedas, siguen aplastando a los débiles en lugar de ocuparse (y preocuparse) por dignificarles con un empleo.
El compromiso de resolver que tienen todos los gobiernos del mundo, en tantas ocasiones brilla por su ausencia, que todo se confunde. Vivimos en la era de la mentira. Sálvese el que pueda. El fenómeno de la globalización no se puede gestionar por intereses, sino por sabiduría. No se puede alterar el orden fundamental de la prioridad del trabajo sobre el capital, del bien común sobre lo privado, de lo transparente sobre lo corrupto. Todos los gobiernos del mundo deben afanarse en poner en valor cierta moral de combate, por lo pronto han de dignificar a las personas por encima de otros logros. El día que nos pongamos a trabajar en serio por un orden más justo y humano, por hacer realidad el trabajo como un derecho-deber, será cuando podremos decir que hemos encontrado el camino del verdadero progreso. Así, pues, el día internacional de los trabajadores o primero de mayo, fiesta por antonomasia del movimiento obrero, debe impulsarnos a redescubrir el auténtico sentido y el valor primordial del trabajo.
A mi juicio, ha llegado el momento de restablecer una nueva ética para que cesen los alarmantes desequilibrios económicos y sociales, restaurando una justa jerarquía de valores. Con urgencia hemos de rechazar las situaciones de injusticia, que a veces avivan los mismos gobiernos, para salvaguardar sus propias ventajas. No me gustan los gobiernos permisivos con el poder, que no proveen de esperanza a sus gentes sometidas a una pobreza que ofende su dignidad. Tampoco me agradan los gobiernos que no invitan a compartir los bienes. No se trata de malvivir con lo que le sobra a los ricos, pero sí de solidarizarse con los que tragan saliva y poco más. En este momento, tenemos que alzar nuestras voces por todos los que sufren la falta de empleo, o un salario insuficiente, mientras otros dilapidan o practican la evasión de capitales hacia paraísos fiscales. No me cabe duda que hemos retrocedido en los derechos laborales, en la financiación de las medidas de activación del empleo. No podemos seguir equilibrando los presupuestos a expensas de los más pobres. ¡No podemos!. Por consiguiente, aquel gobierno que es incapaz de dar empleo a su población lo mejor que podría hacer es cesar, porque con esta actitud de inoperancia está contribuyendo a que el país se desmorone, o lo que es lo mismo, se descapitalice humanamente.
Ciertamente, el mundo vive unos momentos cruciales para su desarrollo. De ahí la importancia de los gobiernos que están dispuestos a trabajar por los más débiles. Sin duda, el alarmante desempleo, aparte de ser una auténtica fuente de dolor para el que lo padece, puede convertirse en una verdadera tragedia social. Por desgracia, las disparidades y los desequilibrios son cada vez más evidentes en un planeta en el que todo se globaliza, menos las responsabilidades y los deberes éticos. Los diversos gobiernos tienen que pasar de los dichos a los hechos, a llevar a buen término los compromisos adquiridos más allá de la mera palabrería. Indudablemente, para gobernar se precisan planteamientos firmes, pero también mucha flexibilidad y paciencia, para llegar a ese diálogos sociales imprescindibles, y así, poder encontrar soluciones innovadoras que puedan resolver esta brutal crisis de desempleo que soportan sobre todo los jóvenes.
Los gobiernos deben saber que las revueltas van a ir en aumento mientras que los empleos dignos sigan escaseando, o sean privilegio de algunos, lejos de cualquier mérito o capacidad. Cada vez existe una mayor sensación de que la ciudadanía más afectada por la falta de trabajo, se le recortan prestaciones, y este acorralamiento, lo que genera es una oleada de crispaciones, que debemos apaciguar con otras posturas más solidarias y menos injustas. Para ello, los gobiernos son los que tienen que fortalecer las instituciones del mercado laboral y garantizar que los salarios crezcan al mismo ritmo que la productividad; adoptando medidas especiales para los trabajadores jóvenes y otros grupos vulnerables. Ya de nada sirven las promesas, se precisan acciones. Es hora de integrar las políticas educativas y de formación con las políticas laborales destinadas a los jóvenes. De lo contrario, el círculo de la pobreza persistirá en el tiempo, puesto que la juventud es el auténtico motor de cambio. Desaprovechar este potencial es una mezquindad tan grande como cruel. Tal vez algún día les dejemos inventar su propio porvenir. ¡Qué no sea demasiado tarde!.
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Recordar y reafirmar
A mi manera de ver, pienso que es bueno recordar lo vivido para reafirmar lecciones que no debemos olvidar, máxime en un momento como el actual de tanta proliferación de realidades inhumanas. Así, siendo tan justo como preciso el día del recuerdo de todas las víctimas de las armas químicas (29 de abril), no menos importante es que el mundo reafirme los logros de la convención sobre dichos compuestos tóxicos, instaurando una prohibición mundial, jurídicamente vinculante para todas las naciones.
Evidentemente, tras la emoción del recuerdo del pasado tenemos que comprometernos, sin excusas, con el futuro. Tiene que surgir con fuerza en el mundo, una nueva conciencia mundial que vaya más allá de la memoria histórica, para ello hemos de tener la convicción de que el ser humano que hace las guerras puede también construir la paz. Estamos obligados a resolver las diferencias por medios pacíficos. Aprendamos a convivir sin armas. En nuestras manos está eliminar los arsenales de armas químicas y promover la universalidad de la convención de armas químicas.
Ahora bien, de nada sirve recordar hechos siniestros sí lo que se sigue imponiendo son las armas y no la justicia, si se pierde el objetivo humano de la vida, y en lugar de promover un planeta en el que la química sea utilizada exclusivamente en beneficio de las personas, se emplea como arma destructora. Es cierto que los estados miembros de la organización para la prohibición de las armas químicas representan cerca del total de la población y de la masa terrestre del planeta, por lo que tiene que ser más viable conseguir la destrucción total de los arsenales químicos.
Obviamente, la justicia se protege con la utilización del raciocino y no con mezclas exterminadoras. Ya sabemos que con las guerras todo se pierde y, sin embargo, nada se inutiliza con la paz. Urge, por consiguiente, refirmar que cualquier actor que utilice las armas químicas, actúa contrario al derecho internacional humanitario. Alinearnos con los bárbaros de las primeras edades es como tener poca memoria y nula inteligencia. No repitamos el pasado, recordémoslo eso sí; y, en todo caso, ratifiquemos que la paz debe ser siempre la meta a perseguir.
Por desgracia, la realidad es la que es, y a pesar de todos los recordatorios, las antiguas amenazas siguen cerniéndose sobre el planeta de muy diversos modos. Ciertamente, el mundo se ha globalizado y todos los gobiernos deben revalidar su deseo de cooperación, sobre todo para asegurarse de que los terroristas no obtengan armas químicas de destrucción masiva. Se pensaba que con el fin de muchas contiendas, se facilitaría la ejecución de acuerdos a nivel mundial sobre desarme. La atmósfera es bien distinta, en parte porque a medida que las fronteras se abren más y se facilitan las comunicaciones, los terroristas y los negociantes del comercio ilegal de armas también lo tienen más fácil.
A pesar de este panorama gris, aún tenemos motivos para esperanzarnos, será el día en que los derechos humanos los codifiquemos bajo una visión éticamente global. Celebremos, pues, que gracias a las convenciones mundiales se hayan prohibido a nivel global las armas químicas y biológicas, pero dichos acuerdos tienen que ser aceptados de manera universal y aplicados, de manera contundente, en su totalidad. La vida no vuelve atrás, y perder un minuto en desmantelar el mayor potencial destructivo del mundo, como son este tipo de armas, concebidas tanto para aterrorizar como para destruir, es un riesgo que debemos atajar cuanto antes. Entre todos, tenemos que conseguir que el uso de estas armas sea impensable. Con esta voluntad, basada en un diálogo sincero, todo será más sencillo para dirimir las controversias.
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