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Hablando de discriminación y tolerancia

 

La Discriminación es el acto de hacer una distinción o segregación que atenta contra la igualdad de oportunidades, restringe o anula el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos, por lo tanto cuando existe discriminación, el respeto a los derechos humanos no alcanza a aquellos que por diversas razones son considerados miembros de minorías condenadas a la discriminación, a la exclusión o la violencia.

En el ámbito internacional, la discriminación se encuentra regulada en el Artículo 2 de la Declaración universal de los Derechos Humanos de 1948, que dispone: toda persona tiene los mismos derechos y libertades proclamadas en esta declaración, sin distinción alguna de: raza, color, sexo, idioma, religión, opinión publica o de cualquier otra índole. Origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. La prohibición de discriminar en México se da con la reforma constitucional publicada el 14 de agosto de 2001 que incorpora al Artículo 1 el párrafo tercero que dispone: “Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las capacidades diferentes, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular menoscabar los derechos y libertades de las personas”. Con la prohibición de la discriminación que adopta nuestra Carta Magna se limita la posibilidad de tratos diferenciados no razonables entre las personas, que atente contra la dignidad de los que conformamos esta sociedad.

Según Luigi Ferrajoli, la igualdad es un término normativo, es decir, que los “diferentes” deben ser respetados y tratados como iguales: y que; siendo esta una norma, no basta enunciarla, sino que es necesario observarla y sancionarla, dado que las “diferencias” se manifiestan como un término descriptivo; es decir, entre las personas, hay diferencias, que les da su misma identidad, precisamente por su personalidad, las cuales deben ser tuteladas, respetadas y garantizadas en obsequio al principio de “igualdad”.

En efecto la realidad nos indica que los seres humanos somos diferentes por muchas razones y estas diferencias, muchas veces son inherentes a nuestras condiciones humanas, en las que nos encontramos sin voluntad y que por lo tanto no podemos modificar, pero precisamente por eso, si queremos convivir en paz debemos tratarnos como iguales, recordemos que el único titular de derechos es la persona, todos y cada uno de nosotros, significa que mi derecho tiene como límite el de usted y el de los otros, esto es que no se debe reclamar derecho alguno sin respetar el de los otros, debemos reconocer que cada derecho tiene una responsabilidad y falta de este reconocimiento es realmente lo que da origen a la discriminación, ahora bien, si los titulares de los derechos humanos somos las personas, de nosotros depende hacer valer nuestros derechos.

No obstante, en la actualidad en pleno siglo XXI, millones de seres humanos reciben un trato desigual por sus creencias,  sexo, raza, color, etc., por ello celebro que en México contemos con una Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación; sin embargo, considero que la discriminación es un fenómeno de exclusión social e intolerancia a las diferencias, pues al hablar de discriminación nos encontramos ante la práctica sistemática generalizada como resultado de un patrón de conducta social, de estereotipos muy arraigados, por lo tanto poco sirve reglamentar, prever y sancionar la discriminación dentro de la ley, si a la par no se pugna para que las personas aprendamos a vivir con nuestros semejantes aceptando sus diferencias, aprendiendo a reconocernos como iguales, valiosos y merecedores del respeto de sus derechos fundamentales.

Voltaire, entregó al pensamiento moderno como herencia filosófica revolucionaria, la clave para respetar las diferencias y como consecuencia los derechos humanos del otro, argumentando en su “Tratado de Tolerancia”, la necesidad de aceptar las diferencias, como principio para la convivencia, como único modo de vivir en paz y libremente, por lo tanto, y convencida que la tolerancia es la clave para respetar las “diferencias”, consideró que si aprendemos a respetar las particularidades propias de una persona, podremos entrelazar relaciones afectivas, éticas e intelectuales más allá de nuestras diferencias y de esta manera ningún semejante, podrá ser objeto de vejaciones.

Por Lic. Ángeles Yuliana Álvarez Trujillo.

Visitadora adjunta a la Dirección de Quejas y Orientación